MINICUENTOS DE NAVIDAD XVI
(Navidad 2025)
Érase una vez un hombre que no fue mi amigo, y me temo que lo
lamentaré durante el resto de mi vida. Apenas le vi un par de veces. Un día fui
a hacer un encargo de su hijo, que sí que es amigo, y me recibió en su casa un
sábado cualquiera a mediodía muy elegantemente vestido con una discreta corbata
anudada al cuello. Me ofreció una copa de vino de Jerez que torpemente rechacé,
argumentando unas prisas que no eran tantas. Ya no volví a verle. Hace justo un
año, cayó de repente enfermo sin que nadie lo esperara. Un mal gesto le provocó
caer en una cama de la que ya no volvió casi a levantarse. Hay una navidad de
carrizos y panderos, y otra de hospitales, batas blancas y goteros. La
enfermedad no sabe de fiestas ni de pausas. No te cita ni te avisa. Llega sin
llamar casi a la puerta. Aquel buen hombre decidió marcharse a ese paraíso que todos
anhelamos, justo el día de los Santos Inocentes y su funeral fue un último
domingo de diciembre, día de la Sagrada Familia. Nada sucede por casualidad si
la mano de Dios está por medio. Por un motivo que no viene al caso, fue la
única misa que hubo ese día en Jerez y no recuerdo un funeral tan bonito en mi
vida. Delante del altar estaba su ataúd y justo detrás de él, casi a modo de
dosel, un sencillo nacimiento al que rodeaban unas bellas flores de pascua, lo que
nos ofrecía un contraste triste y a la vez maravilloso. La vida y la muerte
dándose la mano con solo medio metro de distancia. Había emoción, pero nadie
lloraba. Había rostros serios, pero ninguno triste. Hasta las palabras de la
homilía parecían salir de una voz entrecortada, e incluso hubo guitarras y
cantos para convertir ese adiós en una tenue alegría para celebrar que aquel hombre
de Dios ya estaba donde siempre soñó estar. Las puertas de aquella parroquia,
que tantas veces aquel buen hombre abrió, se cerraron esa tarde haciendo un
ruido diferente. Quizás diciendo un adiós que no habían podido ensayar. Se
apagaron las luces de la iglesia cuando todo terminó, y ya casi en penumbra,
dicen que hasta el niño Jesús, acurrucado en aquel pequeño pesebre, dejó de
sonreír unos segundos sin que nadie lo notara.
Érase una vez una tienda del centro de mi ciudad. Era un
comercio muy pequeño, especializado en unos muñecos con rasgos exagerados que
se guardan en unas cajas con forma de cubo, y que los más pequeños y a veces no
tan pequeños, apilan en casa como descontrolados coleccionistas. Un día, a
mitad de las fiestas, su dueño al ir a cerrar la puerta reparó en que había una
bolsa en el suelo. La cogió y al echarle un vistazo se dio cuenta de que estaba
llena de regalos, la mayoría incluso ya envueltos. Estaba claro: alguien había
entrado a comprar a su tienda y se había dejado olvidada allí aquella bolsa.
“Bueno, parecen regalos para los Reyes. Así que quien sea, se dará cuenta, y
luego volverá”. Pero no volvió luego, ni volvió al día siguiente y pasaban los
días y aquel honrado comerciante se empezó a preocupar de verdad porque cada
vez quedaba menos para el ansiado seis de enero. No había duda, de que la
persona que se había dejado aquella bolsa de regalos no recordaba donde se los
había dejado. Sin ninguna pista sobre el comprador, empezó a hacer memoria,
buscó los tiques de esa mañana intentando el milagro de poner cara a aquel
olvidadizo y fugaz visitante. Incluso comenzó a comentarlo con clientes, con conocidos,
con compañeros de comercios cercanos…de tal forma que aquella misteriosa bolsa,
que aún guardaba celosamente en su tienda, se convirtió en un asunto ciertamente
famoso y por el que la gente al entrar en la tienda incluso preguntaba. “Oye…
¿apareció el de la bolsa?” “Nada. Aquí la tengo aun”. Ya había perdido toda
esperanza de que su dueño apareciera, pero no sabía qué hacer con la bolsa y la
mantuvo en la tienda todo lo que pudo. Era ya el mediodía del cinco de enero y
a la hora de comer cerraba su negocio para disfrutar la tarde con la familia
viendo la cabalgata. Le llenaba de pena que aquellos regalos de reyes durmieran entre esas paredes y no donde deberían hacerlo. Pero cuando estaba echando la
llave, una señora llegó casi galopando hasta la misma puerta. Frenó en seco
ante él, se miraron mientras ella recuperaba el aliento y no hizo falta ni
cruzar una sola palabra. Entró de nuevo, sacó la bolsa y se la dio a aquella
señora que le dio un enorme abrazo mientras se secaba unas tímidas lágrimas que
salían de sus ojos. Y él se fue a casa ya por fin tranquilo y sonriendo,
sintiéndose un verdadero rey mago al menos durante solo unos segundos
Aquel avión acababa de aterrizar bajo un sol de justicia. Era
un aeropuerto pequeño, de esos que no tienen pasarelas de embarque, por lo que
todos los pasajeros desfilaban a pie por la pista cargando con su pequeño
equipaje de mano, en una fila india un poco improvisada. Era la víspera de
navidad, y se notaba en la cara feliz de aquellos viajeros que sabían que al
llegar al aeropuerto iban a tener la alegría de encontrarse con sus familias.
Al final de la hilera, el último de la fila que diría algún melómano, era un
señor de mediana edad que parecía menos feliz que el resto. Se le unía su poco
amor por estas fiestas con la certeza de que al llegar a la terminal no habría
nadie sonriendo esperando su llegada. Y lo peor es que era consciente de que se
lo había ganado a pulso. Su carácter agrio y distante, había logrado un
sentimiento mutuo en casi toda su familia, pero, a pesar de los pesares, había
vuelto a casa por Navidad, como decía el anuncio, aunque solo fuera por cumplir
el protocolo. Se abrieron las puertas que ya daban a un inmenso hall de entrada
y aquel desordenado comité de bienvenida empezó a mostrar su alegría a diestro
y siniestro a todos los que iban desfilando a base de besos, de abrazos y de
alguna voz más alta de la cuenta. Entre todo aquel tumulto también se veía a
algún empleado de agencia, que sostenía en sus manos un cartel simple con algún
nombre de una persona a la que buscaban para llevarla a algún sitio. Nuestro hombre
triste, observaba toda la escena con desazón y, por qué no decirlo, con algo de
envidia. Pero de pronto fijó su mirada en un chaval, de esos que en sus manos
portaba uno de esos carteles, pero con un mensaje algo más largo que los demás
y en el que se podía leer con letra clara: “Yo no espero a nadie. Si nadie
te espera a ti…” El hombre se acercó y fijó su mirada de manera descarada en
aquel mensaje y en la cara de aquel chaval que de pronto le soltó. “Tú debes
ser el tío Julián. ¿Verdad? Eres tal y como mi padre me había contado”. Le dio
un rápido abrazo y le arrebató de la mano la maleta, mientras enfilaba la
puerta principal camino del coche. Y Julián lo veía alejarse sin saber si
seguirle, si volverse, o simplemente si ponerse a llorar como nunca antes lo
había hecho.
En unos días nace un amigo mío. Posiblemente amigo tuyo. Probablemente amigo de casi todos. Hasta de
los que no quieren. Porque, hasta aquellos que no tienen interés en su amistad,
en estos días también celebran su llegada al mundo. Suena incongruente, pero es
así. Y el año que viene también lo harán, y el otro también, … Y cada año llega hasta nosotros para
recordarnos algo, o en otros casos para darnos una lección. Aún no ha llegado y
ya tengo su lección de este año. Vivimos un tiempo donde los que nos gobiernan,
TODOS los que nos gobiernan, nos demuestran un día sí y al siguiente también
que no están cumpliendo su cometido como debieran. Y nuestro amigo viene a
recordarnos que, si de verdad queremos, tenemos en Él a alguien que nos
GOBIERNE de verdad. Que nos guíe sin ambages y sin dobles verdades. Un amigo al
que de verdad acercarnos si necesitamos un consejo. Si fuéramos capaces de
seguir sus sencillas pautas: si no robáramos, si no deseáramos lo ajeno, si no
matáramos ni en sentido estricto ni en sentido figurado, si cuidáramos más de
nuestros mayores, si no mintiéramos, si no nos mintieran…estaremos todos de
acuerdo en que tendríamos un mundo infinitamente mejor. Pero Él, nos gobierna
desde la cercanía, pero también desde la libertad. Por eso hay algunos, que
desconocen que Él es también su amigo. Viene a nacer otra vez y nuevamente
medio planeta se paraliza para celebrarlo. Aunque no le conozcas. Aunque no le
quieras. Aunque no entiendas o no sepas comprender que él es nuestro único y
mejor gobernante. No viajará estos días en un Falcon sino en una mula, no
dormirá en una lujosa finca sino en un humilde establo, y sus amigos preferidos
serán los más humildes de los pastores. Cojamos nuestro zurrón y nuestra manta
y vayamos a verle. Y, si podemos, vamos a cantarle lo de los CINCO capullos del
Jardín de Venus, lo del Tarantán dando la UNA, LAS DOS Y LAS TRES, o incluso,
si nos atrevemos, podemos cantarle aquello de las DOCE palabras retorneadas.
Porque en esta tierra nuestra, de cantar y de CONTAR…gracias a Dios andamos
sobrados…
Feliz Navidad a todos. Incluso a los que nos gobiernan…

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