jueves, 18 de diciembre de 2025

MINICUENTOS DE NAVIDAD XVI

 


MINICUENTOS DE NAVIDAD XVI

(Navidad 2025)

 

Tengo un amigo que dejó una mañana a su mujer y a sus tres hijos en casa. De vez en cuando, en estas fiestas, necesita uno vestirse de paje y escaparse a uno de esos centros comerciales llenos de luces y adornos, pero también llenos de cajas, de bolsas y de perchas, donde el compás no lo marca ningún villancico sino el pitido repetido de algún datáfono. Una vez terminados los encargos de sus majestades, había que cumplir otro encargo: comprar algo de comida rápida en aquel enjambre de tiendas para alimentar a la prole que había quedado en casa. Desde su coche pasó por varios establecimientos que ofertaban menús similares, siempre acompañados por un refresco y un buen puñado de patatas. Uno que, empezaba por M, otro que empezaba por B…hasta que detuvo el vehículo en la puerta de uno, en el que una letra K de grandes dimensiones coronaba su tejado. Su mente y su mirada quedaron de pronto absorbidas por aquella enorme K que le trasladó a aquella navidad vivida en un estado norteamericano que comenzaba por esa misma letra y que estaba a casi 7.000 kilómetros de aquí. Y recordó cómo sus padres y sus hermanas se pegaron esa paliza de viaje para no dejarlos solos. Y recordó como habían podido camuflar unas botellas de amontillado en las maletas para poder beber algo “en condiciones”. Y recordó como intentaron medio cantar algún villancico aquel día sin zambomba, sin pandereta y buscando algo que poder arañar con una cuchara y que simulara el sonido de una botella de anís. Y recordó tantas cosas que se dio media vuelta dejando allí aquellos menús de pollo frito y patatas, y mientras conducía, empezó a pensar y a investigar en que bar le venderían una enorme fiambrera llena de berza con su buena pringá. 

 

Érase una vez un hombre que no fue mi amigo, y me temo que lo lamentaré durante el resto de mi vida. Apenas le vi un par de veces. Un día fui a hacer un encargo de su hijo, que sí que es amigo, y me recibió en su casa un sábado cualquiera a mediodía muy elegantemente vestido con una discreta corbata anudada al cuello. Me ofreció una copa de vino de Jerez que torpemente rechacé, argumentando unas prisas que no eran tantas. Ya no volví a verle. Hace justo un año, cayó de repente enfermo sin que nadie lo esperara. Un mal gesto le provocó caer en una cama de la que ya no volvió casi a levantarse. Hay una navidad de carrizos y panderos, y otra de hospitales, batas blancas y goteros. La enfermedad no sabe de fiestas ni de pausas. No te cita ni te avisa. Llega sin llamar casi a la puerta. Aquel buen hombre decidió marcharse a ese paraíso que todos anhelamos, justo el día de los Santos Inocentes y su funeral fue un último domingo de diciembre, día de la Sagrada Familia. Nada sucede por casualidad si la mano de Dios está por medio. Por un motivo que no viene al caso, fue la única misa que hubo ese día en Jerez y no recuerdo un funeral tan bonito en mi vida. Delante del altar estaba su ataúd y justo detrás de él, casi a modo de dosel, un sencillo nacimiento al que rodeaban unas bellas flores de pascua, lo que nos ofrecía un contraste triste y a la vez maravilloso. La vida y la muerte dándose la mano con solo medio metro de distancia. Había emoción, pero nadie lloraba. Había rostros serios, pero ninguno triste. Hasta las palabras de la homilía parecían salir de una voz entrecortada, e incluso hubo guitarras y cantos para convertir ese adiós en una tenue alegría para celebrar que aquel hombre de Dios ya estaba donde siempre soñó estar. Las puertas de aquella parroquia, que tantas veces aquel buen hombre abrió, se cerraron esa tarde haciendo un ruido diferente. Quizás diciendo un adiós que no habían podido ensayar. Se apagaron las luces de la iglesia cuando todo terminó, y ya casi en penumbra, dicen que hasta el niño Jesús, acurrucado en aquel pequeño pesebre, dejó de sonreír unos segundos sin que nadie lo notara.

  

Érase una vez una tienda del centro de mi ciudad. Era un comercio muy pequeño, especializado en unos muñecos con rasgos exagerados que se guardan en unas cajas con forma de cubo, y que los más pequeños y a veces no tan pequeños, apilan en casa como descontrolados coleccionistas. Un día, a mitad de las fiestas, su dueño al ir a cerrar la puerta reparó en que había una bolsa en el suelo. La cogió y al echarle un vistazo se dio cuenta de que estaba llena de regalos, la mayoría incluso ya envueltos. Estaba claro: alguien había entrado a comprar a su tienda y se había dejado olvidada allí aquella bolsa. “Bueno, parecen regalos para los Reyes. Así que quien sea, se dará cuenta, y luego volverá”. Pero no volvió luego, ni volvió al día siguiente y pasaban los días y aquel honrado comerciante se empezó a preocupar de verdad porque cada vez quedaba menos para el ansiado seis de enero. No había duda, de que la persona que se había dejado aquella bolsa de regalos no recordaba donde se los había dejado. Sin ninguna pista sobre el comprador, empezó a hacer memoria, buscó los tiques de esa mañana intentando el milagro de poner cara a aquel olvidadizo y fugaz visitante. Incluso comenzó a comentarlo con clientes, con conocidos, con compañeros de comercios cercanos…de tal forma que aquella misteriosa bolsa, que aún guardaba celosamente en su tienda, se convirtió en un asunto ciertamente famoso y por el que la gente al entrar en la tienda incluso preguntaba. “Oye… ¿apareció el de la bolsa?” “Nada. Aquí la tengo aun”. Ya había perdido toda esperanza de que su dueño apareciera, pero no sabía qué hacer con la bolsa y la mantuvo en la tienda todo lo que pudo. Era ya el mediodía del cinco de enero y a la hora de comer cerraba su negocio para disfrutar la tarde con la familia viendo la cabalgata. Le llenaba de pena que aquellos regalos de reyes durmieran entre esas paredes y no donde deberían hacerlo. Pero cuando estaba echando la llave, una señora llegó casi galopando hasta la misma puerta. Frenó en seco ante él, se miraron mientras ella recuperaba el aliento y no hizo falta ni cruzar una sola palabra. Entró de nuevo, sacó la bolsa y se la dio a aquella señora que le dio un enorme abrazo mientras se secaba unas tímidas lágrimas que salían de sus ojos. Y él se fue a casa ya por fin tranquilo y sonriendo, sintiéndose un verdadero rey mago al menos durante solo unos segundos

 

Aquel avión acababa de aterrizar bajo un sol de justicia. Era un aeropuerto pequeño, de esos que no tienen pasarelas de embarque, por lo que todos los pasajeros desfilaban a pie por la pista cargando con su pequeño equipaje de mano, en una fila india un poco improvisada. Era la víspera de navidad, y se notaba en la cara feliz de aquellos viajeros que sabían que al llegar al aeropuerto iban a tener la alegría de encontrarse con sus familias. Al final de la hilera, el último de la fila que diría algún melómano, era un señor de mediana edad que parecía menos feliz que el resto. Se le unía su poco amor por estas fiestas con la certeza de que al llegar a la terminal no habría nadie sonriendo esperando su llegada. Y lo peor es que era consciente de que se lo había ganado a pulso. Su carácter agrio y distante, había logrado un sentimiento mutuo en casi toda su familia, pero, a pesar de los pesares, había vuelto a casa por Navidad, como decía el anuncio, aunque solo fuera por cumplir el protocolo. Se abrieron las puertas que ya daban a un inmenso hall de entrada y aquel desordenado comité de bienvenida empezó a mostrar su alegría a diestro y siniestro a todos los que iban desfilando a base de besos, de abrazos y de alguna voz más alta de la cuenta. Entre todo aquel tumulto también se veía a algún empleado de agencia, que sostenía en sus manos un cartel simple con algún nombre de una persona a la que buscaban para llevarla a algún sitio. Nuestro hombre triste, observaba toda la escena con desazón y, por qué no decirlo, con algo de envidia. Pero de pronto fijó su mirada en un chaval, de esos que en sus manos portaba uno de esos carteles, pero con un mensaje algo más largo que los demás y en el que se podía leer con letra clara: “Yo no espero a nadie. Si nadie te espera a ti…” El hombre se acercó y fijó su mirada de manera descarada en aquel mensaje y en la cara de aquel chaval que de pronto le soltó. “Tú debes ser el tío Julián. ¿Verdad? Eres tal y como mi padre me había contado”. Le dio un rápido abrazo y le arrebató de la mano la maleta, mientras enfilaba la puerta principal camino del coche. Y Julián lo veía alejarse sin saber si seguirle, si volverse, o simplemente si ponerse a llorar como nunca antes lo había hecho.

  

En unos días nace un amigo mío. Posiblemente amigo tuyo.  Probablemente amigo de casi todos. Hasta de los que no quieren. Porque, hasta aquellos que no tienen interés en su amistad, en estos días también celebran su llegada al mundo. Suena incongruente, pero es así. Y el año que viene también lo harán, y el otro también, …  Y cada año llega hasta nosotros para recordarnos algo, o en otros casos para darnos una lección. Aún no ha llegado y ya tengo su lección de este año. Vivimos un tiempo donde los que nos gobiernan, TODOS los que nos gobiernan, nos demuestran un día sí y al siguiente también que no están cumpliendo su cometido como debieran. Y nuestro amigo viene a recordarnos que, si de verdad queremos, tenemos en Él a alguien que nos GOBIERNE de verdad. Que nos guíe sin ambages y sin dobles verdades. Un amigo al que de verdad acercarnos si necesitamos un consejo. Si fuéramos capaces de seguir sus sencillas pautas: si no robáramos, si no deseáramos lo ajeno, si no matáramos ni en sentido estricto ni en sentido figurado, si cuidáramos más de nuestros mayores, si no mintiéramos, si no nos mintieran…estaremos todos de acuerdo en que tendríamos un mundo infinitamente mejor. Pero Él, nos gobierna desde la cercanía, pero también desde la libertad. Por eso hay algunos, que desconocen que Él es también su amigo. Viene a nacer otra vez y nuevamente medio planeta se paraliza para celebrarlo. Aunque no le conozcas. Aunque no le quieras. Aunque no entiendas o no sepas comprender que él es nuestro único y mejor gobernante. No viajará estos días en un Falcon sino en una mula, no dormirá en una lujosa finca sino en un humilde establo, y sus amigos preferidos serán los más humildes de los pastores. Cojamos nuestro zurrón y nuestra manta y vayamos a verle. Y, si podemos, vamos a cantarle lo de los CINCO capullos del Jardín de Venus, lo del Tarantán dando la UNA, LAS DOS Y LAS TRES, o incluso, si nos atrevemos, podemos cantarle aquello de las DOCE palabras retorneadas. Porque en esta tierra nuestra, de cantar y de CONTAR…gracias a Dios andamos sobrados…

Feliz Navidad a todos. Incluso a los que nos gobiernan…