jueves, 18 de diciembre de 2025

MINICUENTOS DE NAVIDAD XVI

 


MINICUENTOS DE NAVIDAD XVI

(Navidad 2025)

 

Tengo un amigo que dejó una mañana a su mujer y a sus tres hijos en casa. De vez en cuando, en estas fiestas, necesita uno vestirse de paje y escaparse a uno de esos centros comerciales llenos de luces y adornos, pero también llenos de cajas, de bolsas y de perchas, donde el compás no lo marca ningún villancico sino el pitido repetido de algún datáfono. Una vez terminados los encargos de sus majestades, había que cumplir otro encargo: comprar algo de comida rápida en aquel enjambre de tiendas para alimentar a la prole que había quedado en casa. Desde su coche pasó por varios establecimientos que ofertaban menús similares, siempre acompañados por un refresco y un buen puñado de patatas. Uno que, empezaba por M, otro que empezaba por B…hasta que detuvo el vehículo en la puerta de uno, en el que una letra K de grandes dimensiones coronaba su tejado. Su mente y su mirada quedaron de pronto absorbidas por aquella enorme K que le trasladó a aquella navidad vivida en un estado norteamericano que comenzaba por esa misma letra y que estaba a casi 7.000 kilómetros de aquí. Y recordó cómo sus padres y sus hermanas se pegaron esa paliza de viaje para no dejarlos solos. Y recordó como habían podido camuflar unas botellas de amontillado en las maletas para poder beber algo “en condiciones”. Y recordó como intentaron medio cantar algún villancico aquel día sin zambomba, sin pandereta y buscando algo que poder arañar con una cuchara y que simulara el sonido de una botella de anís. Y recordó tantas cosas que se dio media vuelta dejando allí aquellos menús de pollo frito y patatas, y mientras conducía, empezó a pensar y a investigar en que bar le venderían una enorme fiambrera llena de berza con su buena pringá. 

 

Érase una vez un hombre que no fue mi amigo, y me temo que lo lamentaré durante el resto de mi vida. Apenas le vi un par de veces. Un día fui a hacer un encargo de su hijo, que sí que es amigo, y me recibió en su casa un sábado cualquiera a mediodía muy elegantemente vestido con una discreta corbata anudada al cuello. Me ofreció una copa de vino de Jerez que torpemente rechacé, argumentando unas prisas que no eran tantas. Ya no volví a verle. Hace justo un año, cayó de repente enfermo sin que nadie lo esperara. Un mal gesto le provocó caer en una cama de la que ya no volvió casi a levantarse. Hay una navidad de carrizos y panderos, y otra de hospitales, batas blancas y goteros. La enfermedad no sabe de fiestas ni de pausas. No te cita ni te avisa. Llega sin llamar casi a la puerta. Aquel buen hombre decidió marcharse a ese paraíso que todos anhelamos, justo el día de los Santos Inocentes y su funeral fue un último domingo de diciembre, día de la Sagrada Familia. Nada sucede por casualidad si la mano de Dios está por medio. Por un motivo que no viene al caso, fue la única misa que hubo ese día en Jerez y no recuerdo un funeral tan bonito en mi vida. Delante del altar estaba su ataúd y justo detrás de él, casi a modo de dosel, un sencillo nacimiento al que rodeaban unas bellas flores de pascua, lo que nos ofrecía un contraste triste y a la vez maravilloso. La vida y la muerte dándose la mano con solo medio metro de distancia. Había emoción, pero nadie lloraba. Había rostros serios, pero ninguno triste. Hasta las palabras de la homilía parecían salir de una voz entrecortada, e incluso hubo guitarras y cantos para convertir ese adiós en una tenue alegría para celebrar que aquel hombre de Dios ya estaba donde siempre soñó estar. Las puertas de aquella parroquia, que tantas veces aquel buen hombre abrió, se cerraron esa tarde haciendo un ruido diferente. Quizás diciendo un adiós que no habían podido ensayar. Se apagaron las luces de la iglesia cuando todo terminó, y ya casi en penumbra, dicen que hasta el niño Jesús, acurrucado en aquel pequeño pesebre, dejó de sonreír unos segundos sin que nadie lo notara.

  

Érase una vez una tienda del centro de mi ciudad. Era un comercio muy pequeño, especializado en unos muñecos con rasgos exagerados que se guardan en unas cajas con forma de cubo, y que los más pequeños y a veces no tan pequeños, apilan en casa como descontrolados coleccionistas. Un día, a mitad de las fiestas, su dueño al ir a cerrar la puerta reparó en que había una bolsa en el suelo. La cogió y al echarle un vistazo se dio cuenta de que estaba llena de regalos, la mayoría incluso ya envueltos. Estaba claro: alguien había entrado a comprar a su tienda y se había dejado olvidada allí aquella bolsa. “Bueno, parecen regalos para los Reyes. Así que quien sea, se dará cuenta, y luego volverá”. Pero no volvió luego, ni volvió al día siguiente y pasaban los días y aquel honrado comerciante se empezó a preocupar de verdad porque cada vez quedaba menos para el ansiado seis de enero. No había duda, de que la persona que se había dejado aquella bolsa de regalos no recordaba donde se los había dejado. Sin ninguna pista sobre el comprador, empezó a hacer memoria, buscó los tiques de esa mañana intentando el milagro de poner cara a aquel olvidadizo y fugaz visitante. Incluso comenzó a comentarlo con clientes, con conocidos, con compañeros de comercios cercanos…de tal forma que aquella misteriosa bolsa, que aún guardaba celosamente en su tienda, se convirtió en un asunto ciertamente famoso y por el que la gente al entrar en la tienda incluso preguntaba. “Oye… ¿apareció el de la bolsa?” “Nada. Aquí la tengo aun”. Ya había perdido toda esperanza de que su dueño apareciera, pero no sabía qué hacer con la bolsa y la mantuvo en la tienda todo lo que pudo. Era ya el mediodía del cinco de enero y a la hora de comer cerraba su negocio para disfrutar la tarde con la familia viendo la cabalgata. Le llenaba de pena que aquellos regalos de reyes durmieran entre esas paredes y no donde deberían hacerlo. Pero cuando estaba echando la llave, una señora llegó casi galopando hasta la misma puerta. Frenó en seco ante él, se miraron mientras ella recuperaba el aliento y no hizo falta ni cruzar una sola palabra. Entró de nuevo, sacó la bolsa y se la dio a aquella señora que le dio un enorme abrazo mientras se secaba unas tímidas lágrimas que salían de sus ojos. Y él se fue a casa ya por fin tranquilo y sonriendo, sintiéndose un verdadero rey mago al menos durante solo unos segundos

 

Aquel avión acababa de aterrizar bajo un sol de justicia. Era un aeropuerto pequeño, de esos que no tienen pasarelas de embarque, por lo que todos los pasajeros desfilaban a pie por la pista cargando con su pequeño equipaje de mano, en una fila india un poco improvisada. Era la víspera de navidad, y se notaba en la cara feliz de aquellos viajeros que sabían que al llegar al aeropuerto iban a tener la alegría de encontrarse con sus familias. Al final de la hilera, el último de la fila que diría algún melómano, era un señor de mediana edad que parecía menos feliz que el resto. Se le unía su poco amor por estas fiestas con la certeza de que al llegar a la terminal no habría nadie sonriendo esperando su llegada. Y lo peor es que era consciente de que se lo había ganado a pulso. Su carácter agrio y distante, había logrado un sentimiento mutuo en casi toda su familia, pero, a pesar de los pesares, había vuelto a casa por Navidad, como decía el anuncio, aunque solo fuera por cumplir el protocolo. Se abrieron las puertas que ya daban a un inmenso hall de entrada y aquel desordenado comité de bienvenida empezó a mostrar su alegría a diestro y siniestro a todos los que iban desfilando a base de besos, de abrazos y de alguna voz más alta de la cuenta. Entre todo aquel tumulto también se veía a algún empleado de agencia, que sostenía en sus manos un cartel simple con algún nombre de una persona a la que buscaban para llevarla a algún sitio. Nuestro hombre triste, observaba toda la escena con desazón y, por qué no decirlo, con algo de envidia. Pero de pronto fijó su mirada en un chaval, de esos que en sus manos portaba uno de esos carteles, pero con un mensaje algo más largo que los demás y en el que se podía leer con letra clara: “Yo no espero a nadie. Si nadie te espera a ti…” El hombre se acercó y fijó su mirada de manera descarada en aquel mensaje y en la cara de aquel chaval que de pronto le soltó. “Tú debes ser el tío Julián. ¿Verdad? Eres tal y como mi padre me había contado”. Le dio un rápido abrazo y le arrebató de la mano la maleta, mientras enfilaba la puerta principal camino del coche. Y Julián lo veía alejarse sin saber si seguirle, si volverse, o simplemente si ponerse a llorar como nunca antes lo había hecho.

  

En unos días nace un amigo mío. Posiblemente amigo tuyo.  Probablemente amigo de casi todos. Hasta de los que no quieren. Porque, hasta aquellos que no tienen interés en su amistad, en estos días también celebran su llegada al mundo. Suena incongruente, pero es así. Y el año que viene también lo harán, y el otro también, …  Y cada año llega hasta nosotros para recordarnos algo, o en otros casos para darnos una lección. Aún no ha llegado y ya tengo su lección de este año. Vivimos un tiempo donde los que nos gobiernan, TODOS los que nos gobiernan, nos demuestran un día sí y al siguiente también que no están cumpliendo su cometido como debieran. Y nuestro amigo viene a recordarnos que, si de verdad queremos, tenemos en Él a alguien que nos GOBIERNE de verdad. Que nos guíe sin ambages y sin dobles verdades. Un amigo al que de verdad acercarnos si necesitamos un consejo. Si fuéramos capaces de seguir sus sencillas pautas: si no robáramos, si no deseáramos lo ajeno, si no matáramos ni en sentido estricto ni en sentido figurado, si cuidáramos más de nuestros mayores, si no mintiéramos, si no nos mintieran…estaremos todos de acuerdo en que tendríamos un mundo infinitamente mejor. Pero Él, nos gobierna desde la cercanía, pero también desde la libertad. Por eso hay algunos, que desconocen que Él es también su amigo. Viene a nacer otra vez y nuevamente medio planeta se paraliza para celebrarlo. Aunque no le conozcas. Aunque no le quieras. Aunque no entiendas o no sepas comprender que él es nuestro único y mejor gobernante. No viajará estos días en un Falcon sino en una mula, no dormirá en una lujosa finca sino en un humilde establo, y sus amigos preferidos serán los más humildes de los pastores. Cojamos nuestro zurrón y nuestra manta y vayamos a verle. Y, si podemos, vamos a cantarle lo de los CINCO capullos del Jardín de Venus, lo del Tarantán dando la UNA, LAS DOS Y LAS TRES, o incluso, si nos atrevemos, podemos cantarle aquello de las DOCE palabras retorneadas. Porque en esta tierra nuestra, de cantar y de CONTAR…gracias a Dios andamos sobrados…

Feliz Navidad a todos. Incluso a los que nos gobiernan…

jueves, 19 de diciembre de 2024

MINICUENTOS DE NAVIDAD XV

 

MINICUENTOS DE NAVIDAD XV

(Navidad 2024)


Tengo un amigo que no sabe ni que lo es. ¿Se puede ser amigo de alguien con el que hablas a menudo, pero al que no has visto en tu vida? Difícil respuesta ¿verdad? Hablamos a través del móvil, pero no tenemos ni nuestros respectivos números. Yo normalmente estoy en Jerez, y él me escribe a veces desde una tierra llena de nieve donde alguien dice que nació un santo que en estos días cuentan que viaja en trineo. Yo a ese santo señor lo conozco poco…y tampoco tengo demasiado interés, dicho sea de paso. Las conversaciones con este amigo en la lejanía solo tienen dos temas: el fútbol y las cofradías. Por cosas que le leo, me da la impresión de que pensamos muy distinto en otros asuntos, así que nos va bien haciendo lo que hacemos. Bueno, en realidad hay otro tercer tema. Él me pide a veces fotos de mis niñas, porque me cuenta que sueña a menudo con poder tener él mismo esas fotos algún día. De momento no ha habido suerte y la naturaleza se empeña en no dejar que la vida fluya en el interior de aquella mujer con la que ha decidido compartir el resto de su vida. Debe ser difícil. Y ahora lo sé más. Y me preguntaba no hace mucho, hablando con él, como van a celebrar esta nueva Natividad del Señor, ellos que tanto anhelan celebrar una natividad en su casa. No conozco el nombre de ella. Él, se llama igual que aquel carpintero que no dudó en huir con la mujer a la que amaba, en busca de un techo para que pudiera dar a luz. Solo por llamarse así, merece la oportunidad de vivirlo al menos una vez en la vida, aunque para ello tenga que hacer algunos kilómetros buscando posada. Estoy seguro que por San Miguel alguien le daría cobijo porque allí no vive ningún rico avariento.

 

Érase una vez un pueblo del que no importaba el nombre. Ni su bandera, ni su alcalde, ni su gentilicio. Del que ya no importaba casi nada. Ni siquiera los que vivían en él. El número de sus habitantes había empezado una arrolladora cuenta atrás desde hace unos años, a la que nadie supo poner freno. La “España vaciada” le llamaban ahora. Menudo eufemismo. Aquella cuenta atrás sin freno, ya hacía años que se había detenido en el número 4. Y ahí se empeñó en quedarse quieta sin subir ni bajar, salvo cuando de alguna visita se trataba. Dos casas en los extremos del pueblo, y dos matrimonios que, aunque peinaban canas, disfrutaban aun de buena salud y que por cuatro tonterías habían dejado de hablarse desde hacía años, para añadirle más dificultad a la situación. Cada uno por su lado. Como si el otro no existiera. Pero aquella navidad, Pedro, uno de aquellos cuatro olvidados, estaba asomado a su ventana mirando como corría el agua por la centenaria fuente que adornaba la plaza del pueblo. En un arrebato de nostalgia, cogió un antiguo portal que había heredado de su padre y llevándolo en sus manos, cruzó los pocos metros que la separaban de la puerta de su casa, y colocó aquel improvisado Belén tan cerca de la fuente que hasta a veces le salpicaban unas gotas. Entró de nuevo en casa, cogió una silla y una copa de Brandy, y se sentó en medio de aquella plaza a observar la escena. De lejos oyó unos pasos. Volvió la cara, y aquel vecino con el que no intercambiaba palabra desde hace años, se acercaba con otra silla y otra copa, y cruzando una leve mirada se sentó a su lado para disfrutar de aquel inesperado regalo. Los visillos de dos ventanas se abrían levemente y el resto del pueblo, o sea, sus dos mujeres, asomadas a ellas, se preguntaban si lo realmente vacío era el pueblo. O quizás lo vacío eran sus corazones. Ellos por fin se miraron, chocaron sus copas y dieron un sorbo al unísono celebrando el verdadero nacimiento que tenían ante sus ojos.

 

Érase una vez dos amigos que habían quedado para verse un día cualquiera. Las tardes empezaban a hacerse más cortas, y hacía solo unos días que se había arrancado del almanaque aquella hoja con el nombre de un mes con el que dicen que se nos enfría el rostro. Llevaban ropa informal, bermudas por encima de la rodilla, manga corta y un par de chanclas de esas que te delatan cuando vas andando por la calle y no hay mucho ruido. Habían quedado donde siempre, se saludaron dándose un beso y buscaron en aquella vieja habitación de techos altos un par de sillas que cogieron con una mano para sentarse frente a frente, separados apenas por un metro. Uno de ellos sacó de una funda una guitarra, mientras el otro abría una vieja carpeta de la que sacó unos folios, algunos de ellos arrugados o doblados por las esquinas, donde se podían ver apuntes y garabatos, palabras sueltas y frases escritas en todas las direcciones. Mientras el de la guitarra intentaba afinar sus cuerdas, ambos guardaron un silencio improvisado que solo interrumpía algún suspiro que sabía a pereza y a ilusión en las mismas dosis. Se oyeron las últimas notas de las últimas cuerdas buscando su nota perfecta y uno de ellos le dijo al otro:

-         -  Bueno primo…aquí estamos empezando un año más

-         - Pues sí primo, somos los primeros en empezar a vivir esto. Y por eso somos los que más lo vamos a difrutar…

Se sonrieron ambos un segundo y uno dijo:

-          - Feliz Navidad Luis... y vamos al lío que nos coge el toro.

Y empezaron a sonar los primeros villancicos en aquella tarde, mientras las capachas recogían los últimos racimos en las viñas y en la Merced ya se empezaba a presagiar el aroma de unos blancos nardos.

 

Tuve un amigo al que nunca llamé por su nombre. Ni en la agenda de mi teléfono lo tenía guardado por el nombre de pila. Siempre lo llamé “Kabuki” emulando el nombre de un mago del que realmente nunca tuve luego noticias. Una tarde comenzó una carrera con un final inesperado. Para muchos. Para todos… Cuando pensamos en él, todos imaginamos lo que lo están echando de menos sus padres. Y más en estas fechas. Pero yo he podido compartir un par de ratos en esta Navidad que ahora atravesamos, con una personita que estoy seguro que nota su ausencia más de lo que imaginamos. Ella, que tiene por nombre el de la mismísima Virgen que parió en Belén, ha salido más jerezana que la torre de la Catedral, y viéndola hace unos días, reparé en que nos estaba dando a todos una lección que deberíamos aprender. Nos está enseñando y demostrando, que, en el día hay suficientes horas y momentos como para hacer de todo. Para ir a ver al Gran Poder, para ponerse una bufanda azul, para tocar la zambomba, para reír, para llorar, para suspirar, para querer…y también para echar de menos. Estoy convencido de que en ella se cumple aquello de que “la procesión va por dentro”. Una procesión que, por el momento, ella sabe que no tiene hora de recogida. Es más, es bastante probable que no acabe por recogerse nunca. Tendrá que vivir con eso y ella lo sabe. Y de eso también tendríamos que aprender. Viéndola el otro día esbozar una sonrisa que nos recordaba a alguien, mientras marcaba el compás de un villancico agarrándose a su carrizo, pensé por un momento que su actitud y que su ejemplo, sí que eran dignos de ser un verdadero bien de interés cultural.

 

Érase una vez un pueblo que vivió una pesadilla. En unas pocas horas sus blancas y alegres calles se vieron inundadas de agua y barro encogiendo el corazón de un país, mientras la lista de almas que nos abandonaban iba creciendo sin pausa posible. Han pasado ya muchas semanas, y aun podemos ver imágenes imposibles de creer, mientras la administración se dedica a buscar culpables entre ellos, sin darse cuenta de que todos los son realmente. No imagino muchas luces en sus calles estos días. Ni muchos árboles adornados. Ni muchas risas en las mesas de las familias que se reúnen a cenar. Serán unas navidades para ellos inolvidables, sin duda, pero por otros motivos menos reconfortantes. Dice un villancico que “Los ángeles son de barro, la Virgen y San José…” Yo espero que en ese barro sepan ver a la Virgen y al patriarca, y que no olviden que el Niño Jesús, en aquel belén del villancico, está hecho precisamente de madera tallada para que puedan agarrarse a Él sin miedo a que nada pueda hundirlos. Jesús nace de nuevo en estos días, un año más, para dar alegría a todo el mundo, pero sobre todo para dar ESPERANZA a aquellos que de verdad la necesitan. ¿Acaso imaginamos un año sin navidad? ¿Un año sin que vuelva Jesús a nacer en todos nosotros? Ni en los peores momentos que hayamos podido vivir, Él nos ha faltado ni nos ha dejado de la mano. Y yo al menos estoy convencido de que así será para siempre. Por eso, aunque hayas tenido un año duro, aunque hayas tenido un año lleno de malas noticias, no quiero desearte felices fiestas, porque fiestas hay durante todo el año. Yo quiero desearte una hermosa y FELIZ NAVIDAD. Así…en mayúsculas. Que así sea…


martes, 19 de diciembre de 2023

MINICUENTOS DE NAVIDAD XIV

MINICUENTOS DE NAVIDAD XIV

(Navidad 2023)



Érase una vez un perro del que todos decían que era un ser especial. Había quien incluso quien a veces lo llamaba perro-persona. Tan persona era, que celebraba su santo, su cumpleaños, tenía familia, primos, tatos … Todos le querían y le hablaban como a uno más. Como si entendiera realmente lo que intentaban decirle. Llegando las fiestas de navidad, le encantaba dormir pegado a aquel árbol con luces que montaban en su casa. Y eso que le llenaban el suelo de bolas, de muñecos, de duende que a menudo le estorbaban. Pero él nunca los tocó. Parecía que incluso se movía con algo más de cuidado para no estropear la decoración. Hasta se sorprendió algún año, cuando cada cinco de enero sus dueños decidían pasar la noche junto a él acurrucados en el sofá y él devolvía el gesto durmiendo lo más pegado posible a ellos. Pero si algo le gustaba de estas fiestas, era esa noche de fin de año en la que, a pesar de los malditos cohetes, se concentraba para no perder puntada de lo que pasaba en la Puerta del Sol, cambiando esas doce uvas que todos comemos, por unos imborrables doce trozos de salchichas que se tragaba al compás de su familia. Este año no dormirá bajo el árbol la noche de reyes. Ni se comerá sus particulares uvas. Se marchó en silencio justo cuando pensó que debía irse. Como queriendo no molestar. Y yo lo imagino acompañando al niño Dios en ese portal de Belén que estoy seguro que forman en el cielo todos esos perros que han sido una bendición en la tierra.

 

Había una vez una familia a la que le gustaba mucho reunirse para comer y para cenar. Hacía algún tiempo, que a aquella enorme mesa una persona se sentaba, pero ya no estaba. Su presencia se limitaba a su cuerpo. Su mente ya hacía algunos años que viajaba a lomos de una enfermedad con nombre de neurólogo alemán que cuesta trabajo pronunciar. Me dijo un amigo una vez, que los que la padecen, en el fondo, mueren dos veces. Y puede ser que no haya mejor manera para definirla. Una de sus nietas había crecido ya habituada a esas reuniones en las que la abuela se movía poco y en la que guardaba un severo silencio que a veces adornaba con una tierna sonrisa. Este año, le tocó sentarse justo enfrente suya y algo vio especial en ella que le hizo no retirarle la mirada en toda la noche. Hasta a sus padres les llamó la atención. Tanto, que le peguntaron si le pasaba algo.  Y la cena transcurrió como siempre. Con una comida copiosa y con un brindis en el que todos elevaban su copa al cielo. Incluso la abuela, que le pegó un sorbito rápido a aquel vino que le supo a gloria. Llegó el momento de levantarse de la mesa para irse ya a descansar y, al bordear la mesa, pasó muy pegada a aquella nieta que había sido su vigía toda la noche. Y, por sorpresa, se paró un segundo junto a ella y acercó su boca a la mejilla con intención de darle un beso que fue recibido con alegría, y justo después de hacerlo, le susurró al oído un “Feliz Navidad” que retumbó en el salón como si lo hubiera gritado media ciudad. Alguien acompañó a aquella abuela a su dormitorio cogiéndola por el brazo y secándose alguna lágrima, mientras en la mesa todos se miraban asombrados. Porque habían vivido en persona, que Dios nace en Nochebuena para todos. Incluso para aquellos que no lo saben. Incluso para aquellos que parecen que lo han olvidado.

 

Iba un hombre caminando de noche y a solas por una calle en penumbra. El aire recogía y mezclaba ecos de un “Runrún” que acompañaba a sus tímpanos desde las primeras horas de la tarde. Había cruzado media España para conocer esa fiesta navideña del sur de la que todos hablaban maravillas. No había viajado solo, aunque ahora sí que lo estaba. Les había perdido la pista a sus compañeros de aventura hacía ya algunas horas, a los que imaginaba ya en la blanca e impoluta cama del hotel, con la que él ahora soñaba. Pero no. Él estaba allí solo en aquella calle cuyo nombre desconocía, haciendo un esfuerzo enorme para dar un paso detrás de otro y sobre todo para mantener la verticalidad. Su subconsciente solo hacía repetirle “Que traicionero es el vino de Jerez…pero qué rico está”. En la acera de esa calle, un vecino apuraba un cigarro dejándose caer en la puerta de madera que daba acceso a una de sus casas. Una de esas casas con un suelo de baldosas rotas y trozos de cementos, con columnas y arcos, macetas verdes en las paredes y una balconada desde la que se asomaban los que vivían en la primera planta.  El vecino disfrutaba de la escena, viendo a aquel hombre luchando contra su equilibrio y al llegar a su altura y sin pensárselo mucho, lo cogió del brazo y lo introdujo en aquel patio lleno de voces y alegría en el que sonaba de nuevo ese “Runrún” de la zambomba. Lo sentaron como pudieron en una silla de eneas y alguien se apresuró a colocarle en una mano una pandereta y en la otra una copa de anís. Se le acercó un vecino y, dándole una voz, le preguntó “Pero usted… ¿De dónde viene?” “Yo soy de El Barco, un pueblo de Ávila”. Otro que estaba bastante cerca, hiló enseguida la respuesta y entonó un acertado “POR ALLI VIENE MI BARCO RAMIRÉ…” que todos continuaron a coro inmediatamente, lo que hizo al protagonista esbozar una sonrisa y pegar un buchito al anís, mientras daba por hecho que por fin había encontrado esa famosa fiesta que venía buscando.

 

Estaban un padre y su hija una mañana en su salón viviendo los previos a las fiestas que llegaban. El padre, había subido del trastero varias cajas de cartón donde almacenaban todo el año el árbol, las luces, las flores, los espumillones y todo lo necesario para adornar su hogar en estos días. Empezaron entre los dos a sacar todo lo que contenían aquellas enormes cajas y lo iban ordenando por zonas para poder luego acudir a lo que iban necesitando. De pronto, la niña cogió una bolsa y se la dio a su padre preguntándole qué es lo que había dentro. El padre, abrió la bolsa despacio y sacó un buen montón de sobres, en su mayoría blancos, que cogió con la mano derecha y que muy despacio fue dejando caer en una mesa mientras se sentaba en un sofá. Fue pasando esos sobres desde la mano derecha a la izquierda despacio mientras su hija no le apartaba la mirada. “¿Qué son papá?” pregunté extrañada ante el silencio del protagonista de la escena. “Son unos christmas cariño…unas felicitaciones”. Ante la cara de extrañeza de la hija, el padre añadió. “Eran unas postales que los amigos y familiares se mandaban unos a otros. Normalmente tenían algún cuadro o alguna foto y se deseaban una Feliz Navidad los unos a los otros. Yo tenía la manía de guardarlos y aquí están”. La niña, no reprimió su cara de asombro y mientras miraba con poco interés algunos de esos sobres, le comentó al padre “Qué tontería ¿no? Mejor escribirle un wasap y le pones lo que quieras ¿no crees? Es más rápido y más fácil” El padre, la miró reposado. Como sin saber bien qué contestarle. Mezcló una sonrisa tímida mientras se le escapaba una lágrima que bajó por la mejilla y acabó mojando uno de aquellos viejos sobres. Su hija le puso la mano en la mejilla y sonrió. Y pegó una carrera a la cocina en busca de un par de pestiños. Y él se quedó sentado con aquel puñado de sobres en la mano, mirando con nostalgia y emoción algunos de los nombres que aparecían en el remite.

 

Tengo un amigo que estaba una noche en el desierto pasillo de un hospital. La luz era tenue y a un lado y otro de aquel pasillo, las luces que brillaban en los cristales dejaban intuir algunas habitaciones en las que cuando se abrían las puertas sonaban unos pitidos que marcaban un repetido compás. Hacía poco que lo habían dejado solo allí. Al fondo de aquel oscuro pasillo sí que había más luz. Pero él miraba al fondo no buscando una luz, sino esperando un sonido. Deseaba ansioso poder oír a lo lejos el llanto de una niña, para ser exactos, dos llantos mejor que uno. El tiempo pasaba lento en aquella por momentos angustiosa espera. Tuvo entonces unos minutos para pensar en los que habían pasado ya por aquellos momentos de nervios. Por aquella bonita y a la vez dura incertidumbre. Y se acordó de aquella pareja que trajo una noche un llanto que cambió el mundo entero. Cayó en la cuenta entonces, de que tenía poco de lo que quejarse cuando se los imaginaba dando a luz en una noche fría, desamparados en un establo rodeado de animales, sin ningún familiar cerca al que poder abrazarse. Si ya era diferente venir al mundo hace más de dos mil años, en esas condiciones debió ser algo realmente inenarrable. Pero el llanto, normalmente símbolo de dolor o de tristeza, se oyó al final de aquel pasillo para su alegría y la de muchos que esperaban aquella buena nueva. Igual que sucedió en aquel viejo y oscuro portal, donde el llanto de un niño llenó de alegría a aquellos jóvenes y asustados padres, y al mundo entero también casi sin saberlo. Porque Jesús nació en aquel lugar aquella estrellada noche, pero nace día tras día en el corazón de todos los hombres de buena voluntad. Incluso en el corazón de los que no creen en él. Por eso, el mundo gira sobre él. Por eso los años se cuentan antes y después de aquel llanto. Por eso medio planeta se paraliza estos días para conmemorar su nacimiento. Celebramos muchas cosas estos días, aunque quizás todos debiéramos sobre todo celebrar LA VIDA. La inmensa suerte que tenemos de poder escribir estas palabras, y también la suerte de que tú puedas leerlas. Probablemente el regalo más grande que jamás vaya nadie a dejarte a los pies de un verde árbol iluminado.

Feliz VIDA a todos. FELIZ NAVIDAD también.


lunes, 19 de diciembre de 2022

MINICUENTOS DE NAVIDAD XIII

MINICUENTOS DE NAVIDAD XIII

(Navidad 2022)

Érase una vez un hombre metido en una trinchera. Estaba sentado en la tierra y dejaba caer la espalda en unos sacos que le servían de escudo. La noche era clara y hacía frío. Brillaban las estrellas en el oscuro cielo y a lo lejos de vez en cuando sonaba algún ruido, tal vez un disparo, tal vez una explosión. Pero lo peor era la sensación de que no pasaba nada. Cuando la guerra se alarga en el tiempo ya no es noticia. Ya no llena portadas. En los telediarios no sirve para titulares, sino que las novedades de la batalla se cuentan entre las subidas de los precios y la pamplina política que haya soltado el Rufián de turno. Pero a pesar de todo allí seguían. A unos metros, en la misma trinchera, había otro chaval que era más joven que él. También estaba sentado y tenía las manos en la boca donde intentaba que el vaho le mitigara un poco el frío que hacía, mientras le tiritaban ligeramente las piernas. De pronto se levantó y fue a por su mochila. Palpó de manera nerviosa los muchos bolsillos que tenía hasta que pareció localizar lo que buscaba. Abrió la cremallera y sacó una pequeña imagen que resulto ser un misterio con la Virgen, San José y el niño en una sola pieza. Sopló y le quito levemente el polvo y lo colocó sobre la nieve y le puso al lado una vela que encendió con una cerilla. Y miró a su compañero de fatigas del que no recordaba ni el nombre y en voz baja le dijo “Щасливого Різдва”. Él no supo ni qué contestarle. Solo se dio cuenta que en una trinchera y abrazado a un fusil la Navidad había llegado y él no se había dado ni cuenta.

 

Estaba ella en su puesto de trabajo tan tranquila. Llevaba de teleoperadora muchos años, pero le llamó la atención aquella campaña concreta para diciembre y decidió apuntarse como voluntaria. Más que nada para ver cómo funcionaba el producto y si alguien realmente llamaba o era todo una broma o una trola. Pantalla plana enfrente, auriculares con micro incorporado y de pronto suena la primera llamada a la que ella respondió con voz dulce y amable, pero a la vez algo dubitativa:

-          TELEZAMBOMBA buenas tardes ¿En qué puedo ayudarle?

-          - Buenas tardes. Soy el socio 412. Tenemos una urgencia. Se nos ha roto el carrizo hace 5 minutos y necesitamos solución

-         - Claro que sí caballero- ¿Qué talla es? ¿Le mandamos solo el carrizo o le mandamos una nueva?

-          - Es de la talla XXL. Del último modelo que sacasteis. Pues no sé. Me vale con un par de carrizos creo. Pero ¿tenéis alguna oferta?

-         -  Si claro. Si nos pide dos carrizos le regalamos una pandereta. Y si nos pide la zambomba completa le regalamos cinco camisetas de las que ponen “Los Segadores” en el pecho

-          - Entonces la oferta de las camisetas. Que somos muy de “los Segadores” nosotros. Si no te quedan de esas me las pones de “El terebol”, que nos da igual. Por favor que sea urgente que se nos corta la fiesta    

-          Van marchando. En quince o veinte minutos tiene el pedido en su domicilio

Y  Y colgó pensando si había sido todo verdad, o si como decía aquel mago, todo había sido fruto de su imaginación.  

 

Érase una señora que creía mucho en los Reyes Magos. Tanto creía, que, como cada año, se encaminó a aquella preciosa juguetería del centro de la ciudad, con techos altos y una gran escalera, para dejar allí la carta que le habían escrito sus hijos y sus nietos con todos sus deseos para la mañana del seis de enero. Así sus majestades lo tendrían todo más fácil. Pero pasó el tiempo, y en aquella juguetería se extrañaban de que nadie pasara a recogerlos. Se acercaba peligrosamente la fecha y decidieron contactar con aquella señora sin éxito alguno. Hasta que al final, pudieron hablar con un cercano familiar que les hizo confirmar la peor de las noticias. Aquella carta de deseos y de ilusiones se cruzó en el tiempo con otra carta de malos resultados y peores noticias. Pero aquel familiar que recibió la llamada, le dijo a aquella embajadora de sus majestades que no se preocupara. Que él mismo avisaría a sus majestades para que pasaran a recoger esos regalos de aquella carta que pasaría a ser la más inolvidable que su familia recordaría. Y volvió a salir el sol aquella mañana de enero. Y se volvió a llenar aquel salón de paquetes y de regalos. Y se llenó también de algarabía, de sonrisas y evidentemente también de alguna lágrima. Pero todo entendieron que la magia había vuelto a producirse. Porque estaban seguros de que aquella noche que acababa de terminar, una estrella bonita y brillante recién llegada al cielo, había iluminado el camino a los Reyes como nunca antes ninguna lo hizo.

 

Tengo un amigo al que no le gusta la Navidad. Ya os hablé una vez de él. Él dice que no le gusta la Navidad, pero a base de conocerlo me he dado cuenta de que lo que realmente no le gusta no son las fiestas previas, sino el final de las mismas. Es por eso que aquella nochebuena llegó a su hogar sin mucho plan para cenar. Al llegar a casa, se le vino a la mente una pareja de amigos suyos. Unos que precisamente el año anterior, en un intento de convertirlo en una persona más navideña, le habían regalado un sencillo misterio para que adornara su casa. Creo que le remordió algo la conciencia al llegar y de pronto recordar que era veinticuatro de diciembre y aquel belén seguía metido en su caja tal y como lo guardó el año anterior. Él odiando la Navidad y curiosamente aquellos amigos, navideños como los que más, recluidos en casa contagiados por aquel maldito virus que aun andaba dando coletazos. Ni corto ni perezoso, cogió al niño Jesús, lo pegó en una caja de bombones y se lanzó con un cubata en la mano a recorrer las vacías calles de una ciudad que parecía descansar después de un mes de jaleo. El silencio solo lo rompían los hielos de aquel vaso y las instrucciones del navegador de su móvil que lo dirigía a casa de sus amigos para evitar que se perdiera. Y por una ventana, les devolvió, de manera temporal, aquella pequeña imagen de escaso precio pero que esa noche empezó de pronto a tener mucho valor. Y volvió a casa pensando si era justo aquello que había pasado esa noche. Pero volvió sintiéndose el dueño de una ciudad vacía, llena de ventanas iluminadas tras las cortinas. y con el corazón lleno de sentimientos bonitos, porque para sus amigos, había sido la única cara que habían podido ver la noche de Nochebuena. Y eso no tiene precio…

 

Conozco a un niño que nace dentro de una semana. Nace cada año de hecho. No celebramos su cumpleaños como cantaban aquellos marines de “La Chaqueta Metálica”, sino que nace de verdad cada año, y al siguiente también, y al siguiente… Pensando un día sobre esto, me di cuenta de que lo hace con una intención. Nace cada año, para poder suplir a aquellos que ese año se nos han ido. Para sentarse en una de esas famosas sillas vacías de las que todo el mundo habla de vez en cuando. Porque siempre falta alguien nuevo. Hace un par de años alguien, este año alguien más y así sin solución de continuidad. Él viene para ocupar ese sitio. Para que hagamos como en aquella película de dibujos animados que vi hace poco tiempo. Para que recordemos al menos un día al año a los que hemos querido y ahora no están. Porque como dice el mensaje de aquella historia, si recordamos a alguien al menos un día al año, esa persona siempre seguirá con vida. Al menos en nuestros corazones. Al menos en nuestra memoria. Quizás esté en nosotros intentar llevar a cabo eso tantas veces dicho de procurar que sea navidad todo el año. Es difícil, lo sé. Pero deberíamos intentarlo. Solo un momentito de navidad cada día nos haría ser mejores a todos. Por nuestro amigo no va a quedar. Porque sé, como os digo, que en una semana va a volver a nacer por nosotros y por los que nos faltan. Y probablemente también por los que tienen que venir… Así que yo os deseo lo mejor para este próximo veinticinco de diciembre. Y también para todos los días del año. Feliz Navidad a todos.

jueves, 16 de diciembre de 2021

MINICUENTOS DE NAVIDAD XII



MINICUENTOS DE NAVIDAD XII

(Navidad 2021)



 

Érase una vez un matrimonio adornando su salón para las fiestas que venían. De pronto ella dejó sus labores decorativas y de un rápido impulso abrió un cajón, cogió papel y boli, y le dijo sin miedo a su marido: “Luis, venga, déjate de rollos. Vamos a hacer la lista de los invitados para la cena de Navidad” Y ella apuntó sus dos o tres nombres y levantó la mirada esperando a ver lo que su compañero decía, mientras él seguía rodeando la lámpara con espumillones montado en una escalera de pocos peldaños. Sin dejar lo que hacía de pronto dijo: “Pues mira, apunta a tus padres, a mi hermana con su marido y los dos niños, a mi madre, a tu hermana Juani con tu cuñado y la madre de él, que la pobre no la van a dejar sola… a mi primo Rubén con su mujer también y sus dos niños, que hablé el otro día y ya se lo dije,… Ah y apunta a Antonio y Fernanda los del segundo C que sabes que son de fuera y no tienen familia aquí…” Y de pronto ella interrumpió aquella retahíla, tiró el bolígrafo al suelo y dijo elevando la voz: “¿Pero te has vuelto loco? ¡¡Donde vas con tanta gente!!!” Y él con mucha pausa y tranquilidad desde la atalaya de su escalera la miró y le dijo: “Mira Manoli: el año pasado cené y almorcé contigo aquí los dos solos el 24, el 25, el 31, el 1…y hasta el día de Reyes. Así que este año todo el mundo a comer a casa. ¡COMO SI TENEMOS QUE MONTAR UNA GRADA!” Y ella puso cara de enfado, marchó con paso firme marchándose del salón, y mientras se alejaba no tenía más remedio que esbozar una sonrisa que le daba la razón a su marido aun sin querer dársela.

 

Tengo un grupo de amigos a los que les gusta madrugar. Pero les gusta madrugar cuando casi nadie madruga. A todos les costó levantarse cuando oyeron aquel despertador sonar incluso más temprano que en cualquier día laborable. Pero después de un ligero suspiro todos dieron el salto y a la calle se encaminaron. Y allí estaban. En casa de aquel amigo que se empeña en tener las puertas abiertas para todo el mundo y en aquel amplio salón donde en una mesa les esperaban una botella de brandy, una de anís y una de moscatel. Y donde todo el que llegaba ponía cara de “Ah pues no era una broma: están de verdad aquí”. Con más miedo que vergüenza, sacaron la guitarra, el almirez, las panderetas y calentaron sus voces mientras el sol peleaba con las nubes y con la penumbra de una noche que ya acababa, y mientras alguien asomado a un balcón esperaba poder ver a lo lejos aquella candelería encendida que sería la señal de que la Virgen estaba llegando. Y llegó… Y bajaron las escaleras con rapidez y a pie de calle entonaron aquella letra que pocos recordaban y que contaba la historia de un Dios eterno que se quiso hacer niño en el vientre de una joven mientras alguno señalaba con su dedo a la Virgen como diciéndole que aquello que hacían y sobre todo decían, lo hacían solo por Ella. Nada más que por Ella. Y aquella locura de madrugar para cantar solo un villancico los hizo durante unos minutos los más felices de la tierra. Y si volviera a surgir la idea lo harían de nuevo. Es más, estoy seguro de que hasta la darían la vida por ello.

 

Érase una vez un repartidor de paquetería. Uno de estos nuevos héroes de furgoneta y mono azul con algo fluorescente que hacen que nada nos falte en casa. Miró la siguiente entrega y suspiró cuando se dio cuenta de que debía subirlo a un tercero sin ascensor. Menos mal que el paquete era pequeño. Al llegar arriba, recuperó la respiración, llamó al timbre y alguien preguntó desde dentro con voz lejana que quien era. “¡¡¡Un paquete para Ramón Gutierrez!!!” contestó raudo el repartidor. Un ruido rápido de cerradura hizo abrirse la puerta y tras ella apareció un hombre con ropa desaliñada y las manos manchadas con una mezcla de pintura y escayola que llamaron la atención del trabajador. “Necesito que me eche una firmita aquí…pero veo que tiene las manos regular para firmar…. Que está ¿montando el Belén?” le dijo mientras sonreía. El beneficiario del paquete mientras firmaba le dijo “Justo eso…”. Y el repartidor, ni corto ni perezoso, se atrevió a decirle: “¿Y puedo verlo?”. Ramón le hizo un gesto con la mano, invitándolo a que lo siguiera y mientras caminaban por un estrecho pasillo iba abriendo aquel pequeño paquete que resultó ser una figura. Llegaron a un salón donde un enorme nacimiento con montañas, cascadas, pastores y animales ocupaba casi toda la estancia. “¡Pero qué maravilla por Dios!” no dudó en exclamar, con cara de no creerse lo que estaba viendo. Ramón cogió entonces aquella figura y colocándola delante del Rey Gaspar, porque resultó ser su paje, dijo casi susurrando: “Me alegra mucho que le guste. De hecho es usted la primera persona que lo ve… y llevo más de treinta años montándolo” El repartidor recorrió en sentido contrario aquel pasillo en silencio, cerró la puerta y bajó los tres pisos cavilando mientras se acariciaba la barbilla. Y ya en toda la tarde, cada vez que cogía un paquete, antes de entregarlo lo miraba y se imaginaba que figura de un Belén escondido se ocultaba en aquella caja.

 

Había una vez un hombre que soñaba con ser rey mago. Y lo soñaba todos los días del año. Tenía guardadas en su armario varias ropas para poder hacer su sueño realidad cada noche del cinco de enero. Porque él no se disfrazaba, se revestía. Se transformaba. Se convertía realmente en uno de aquello magos. Era casi en un rito que anualmente cumplía sin darle cuentas a nadie y sin dar demasiadas explicaciones. A veces salía a casa de alguien que lo invitaba, a veces lo llamaban para alguna asociación y hubo años en los que se dedicó simplemente a pasear por la calle sonriendo y regalando caramelos a todo el que tenía la suerte de encontrarle. Pero ocurrió lo impensable. Un extraño virus, algo que ni en los peores presagios jamás imaginó hizo que una de las noches más esperadas en su ciudad acabara llena de soledad y tristeza. Y aquella noche del día cinco no hubo cabalgata, ni hubo camellos, ni hubo caramelos pegados en los zapatos. Pero lo peor es que no hubo ni gente. A la hora prefijada estaba prohibido salir a la calle y aquel Rey Mago miraba de reojo aquellos ropajes resistiéndose a pensar que aquel año su noche más esperada sería solo una noche cualquiera. Se armó de valor, se vistió una de sus túnicas, una de sus capas, alguna barba de las que tenía y se colocó la corona. Y se marchó a la calle a desafiar al frío, a la noche y en esta ocasión casi a las leyes. Y vagando por aquellas calles silenciosas, vacías, y casi tragándose sus lágrimas, se temió lo peor cuando al fondo vio unas luces azules que se le acercaban. Una pareja de policías en un coche paró junto a él. Bajaron la ventanilla y hubo unos segundos de eterno silencio en el que ni él supo dar explicación de lo que hacía ni ellos supieron darle un motivo para multarle. Miró un segundo hacia arriba y asomado en una ventana un niño asombrado miraba la peculiar escena. El Rey le sonrió y le saludó con su mano envuelta en un guante blanco y el niño, con cara de no creerse lo que estaba viendo, le devolvió el saludo. Y aquel Rey solitario se abrigó envolviéndose con su capa dorada y roja y seguidamente les dijo a los agentes: “Tranquilos que ya me voy a casa. Al final ese niño ha hecho que este paseo sin sentido haya merecido la pena”.

 


Érase una vez una familia que vino a conocer las zambombas de Jerez. Llegaron a una que le habían recomendado y que se celebraba en la puerta de una iglesia. Allí había una candela que caldeaba a los presentes y en la misma puerta algunas sillas y una zambomba esperando a que alguien la tocara. De pronto una señora de bastante edad con falda hasta la rodilla y jersey de color claro, se sentó en una de las sillas, remojó sus manos en agua y comenzó a hacer sonar aquel instrumento mientras comezaba el famoso “Calle de San Francisco”. Aquella familia sonreía ante el comienzo de la fiesta, pero una de sus hijas tenía en sus manos un libreto que le habían regalado con las letras de los villancicos y al abrirlo, lo miró con sorpresa y le dijo de pronto a su madre: “Mira mamá…pero esa señora que está tocando la zambomba ¿no se parece mucho a la de esta foto que viene en el libro?” Y alguien que casi sin querer presenciaba la conversación les dijo: “No es que se parezca, es que es ella”. Y la familia se miró sonriendo pensando que habían tenido mucha suerte al empezar allí aquella tarde. No sé si para marcharte has cogido por Casablanca o por el río de Cartuja. Si te has encontrado al Zeñó don Gato, a los peregrinos que iban para Roma o a aquella Micaela de la que tanto nos hablaste y que estaba tan mala que no sabía ni lo que tenía. De lo que estoy seguro es de que estás donde siempre quisiste estar. Donde cuentan que ya cada día es Navidad. Donde dicen que se nace de nuevo para ya no morir nunca. Porque eso es lo que les pasa a las personas que se hacen eternas. Que nunca mueren. Estás en el sitio donde nace ese niño al que quiere adorar medio planeta cuando llega el mes de diciembre, aunque hasta la comisión europea se empeñe en evitarlo. ¿Acaso se os ocurre un mejor sitio donde poder pasar el resto de vuestra vida? A mí… desde luego que no. Así que este año, a pesar de los pesares, y quizás más convencido que nunca…. FELIZ NAVIDAD A TODOS


viernes, 18 de diciembre de 2020

MINICUENTOS DE NAVIDAD XI


MINICUENTOS DE NAVIDAD XI

(Navidad 2020) 


Érase una vez una tarde de diciembre. Era una tarde rara. En realidad, parecía cualquier cosa menos una tarde de diciembre en Jerez. El día tampoco acompañaba, porque el cielo estaba gris y en unas calles donde debía reinar la alegría y los cantes, el silencio lo había invadido todo. Como lo había hecho desde hacía meses. Aquella pareja almorzó, se comieron algo dulce, pusieron la tele y se tumbaron cubiertos por una de esas mantas de sofá que aún no sabemos por qué nunca sirven para taparte entero. Y en aquella penumbra y con el sonido lejano de la televisión, sucedió lo inevitable: se quedaron dormidos. Pero de pronto, un perro que tenían que ladraba una vez al mes, soltó un enorme “GUAU” cuando le asustó de repente el sonido del timbre de la puerta. Pensaron que estaban soñando. Pero volvió a sonar el timbre, y volvió a ladrar el can. Casi sobresaltado, él se dirigió a la puerta, pero no se oía nada. Antes de abrir, se asomó por una ventana para ver quien era y para su sorpresa, de pronto vio a cinco amigos y cuatro niños que al verle asomarse despeinado y con los ojos a medio abrir pusieron cara de póker. Y tras unos segundos de silencios recíprocos que parecieron eternos alguien movió una pandereta con fuerza y gritó “¡¡¡TIN TIN CATALINA, TIN TIN CONSEPSIÓN….!!!”. Y aquella siesta se convirtió en un café, aquel silencio se convirtió en jaleo, y aquel suelo acabó lleno de restos de espumillón como cuando termina una gran fiesta. Y aquella tarde de sábado acabó siendo por fin una tarde de Navidad. O quizás un rato de locura. O quizás…ambas cosas

 

Tengo un amigo que se autoproclama “El Grinch de Jerez”. Es como una “rara avis” en una ciudad donde tocar la pandereta o la zambomba es casi una cuestión de educación general básica. El papel le viene que ni pintado. Porque me lo imagino vestido como el personaje del que presume, con una llamativa chaqueta verde, solo que él llevaría un pañuelo de un color aún más llamativo en el bolsillo de la misma, y una bufanda o una pashmina de otro color más llamativo que los otros dos. Dice que no le gusta estas fiestas. Pero en realidad no sé qué no le gusta de la Navidad. Vive solo pero no puede estar solo. No le gusta cantar, pero le encanta un cante. Dice que no tiene compás, pero no puede estar sin un instrumento en la mano haciendo ruido. Y, sobre todo, dice que no le gustan tantas comidas y tantas reuniones como las que hay estos días, pero a él no le faltan comidas y copas con sus amigos en unos eternos fines de semana que la mayoría de las veces comienzan los jueves por la noche. Es un poco como el refrán en el que la sartén le dice al cazo “échate pallá….que me pringas”. Lo cierto es que lo repite como una cantinela. Que él quiere que pase ya la Navidad porque en realidad lo que quiere es que huela a incienso y a cera. Será que hay algo que me pierdo. O que guarda en su interior algo que desconozco. Porque si no, no tiene sentido que no le guste la Navidad a alguien que cumple con todo lo necesario para que sea su fiesta favorita. Aunque a veces me pregunto ¿No será que llega a diciembre ya cansado, porque en realidad celebra la Navidad con sus amigos todos los días del año? Pa mí que sí eh….

 

Érase una vez un hombre enamorado de su uniforme. Desde muy joven tuvo esa vocación de vestirse de esos colores azules o verdes claros que parecía que le transmitían bondad, cuidados, servicio y, dentro de las limitaciones humanas, la capacidad de poder curar. Pero aquel infernal año le había hecho cambiar de uniforme. Que no de trabajo. Aquella bata blanca que se ponía encima de aquellos colores azul y verde con el que vestía casi a diario, se había transformado en una enorme armadura de plástico que no dejaba pasar un gramo de aire ni a ninguna parte de su cuerpo. Algunos lo llamaban equipo de protección. Para él, solamente era un suplicio. Allí estaba en un día a día que se le hacía eterno. Había dejado de contar las horas, los días, los enfermos, las altas…y sobre todo las bajas. Dejó aquella enorme habitación donde los tubos y el ruido de los respiradores parecían una rutina que nunca tendría final, y se dirigió hacia una pequeña zona de descanso donde tomar un poco de aire. Se sentó, se quitó la máscara y los guantes y dio un enorme suspiro mirando al blanco techo de aquella sala. Pero reparó que, junto a él, en una pequeña mesa, algún compañero había montado un pequeño belén con la mula y el buey, la Virgen y San José y un pequeño niño Jesús que sonreía casi con reparo. Lo miró y casi se emocionó al pensar que la Navidad había llegado a aquel infierno y él casi no se había dado cuenta. Antes de ponerse los guantes, puso un poco del ya famoso gel desinfectante en sus manos y mientras las frotaba paró un segundo y, asegurándose de que nadie lo veía, extendió un poco de gel también en la pequeña figura de Jesús como queriendo protegerle de toda la pesadilla que estaba al otro lado de aquella puerta. Se levantó y se enfundó nuevamente aquel uniforme que ahora era una coraza, y volvió a aquel lugar donde el compás lo marcaban pitidos y respiraciones, en lugar de zambombas y panderetas.

 

Érase una vez una pareja que comenzaba una nueva vida. Casi una nueva aventura podríamos decir con los tiempos que corren. Él vivía en un piso alquilado desde hacía años. Era un piso moderno y con mucha luz, allá en al límite de la ciudad nueva y la vieja. Habían comenzado su relación hacía algún tiempo, y como el agua que busca con naturalidad su cauce, él le había propuesto a ella que se fuera vivir a su piso. Y aceptó. Y llegó la primera navidad de aquella nueva pequeña familia, y llegaba cargada con la ilusión de unos niños que esperan sus primeros reyes. Un día tomando café, él le dijo que tenía que contarle algo. Ella lo miró asustada, pero se tranquilizó deprisa cuando le oyó decir en voz bajita un pequeño pecado: “No te he dicho, …que me encantan los belenes”. Y ella no solo suspiró ante tan bella confesión, sino que presurosa se ofreció a ayudarle a montarlo con él ese año. Se subió a una pequeña escalera que la acercaba lo suficiente al altillo de un armario, mientras él esperaba abajo a que ella le fuera acercando las cajas, mientras los dos dibujaban una sonrisa enorme como muestra de alegría. Ella abrió aquel altillo y alcanzó sin problemas una caja en la que se podía leer claramente “BELEN Caja nº1” y se la acercó a su novio para que este la pusiera en el suelo. Tras ella se vio la caja número dos, la tres… Hasta que, a los pocos minutos, a su novio casi no se le veía el cuerpo mientras ella bajaba la enésima caja en la que rezaba un aclarativo “Belén caja nº26”. Y ella recordó aquel chiste en el que a un loco le preguntaron en el manicomio:

-          - Y tú ¿por qué estás ingresado aquí? Yo te veo muy normal

-          - Estoy aquí porque me gustan las tortillas de patatas

-          - Eso no puede ser. A mí también me gustan mucho

-          - ¿Ah sí? Pues venga una tarde a mi casa…que tengo roperos y roperos llenos de tortillas…

Pues eso...

 

Tengo un amigo que nace dentro de unos días. Lleva haciéndolo en estas mismas fechas desde hace dos mil y pico de años. En todo este tiempo, ese amigo ha vivido guerras, hambre, plagas…y epidemias. Muchas epidemias. En cada momento de penuria que la tierra ha vivido, hemos acudido a él para pedirle fuerzas, para pedirle consejo, y a lo mejor en el peor de los casos para pedirle consuelo. De todos esos momentos difíciles que ha vivido ha conseguido enseñarnos algo. Aunque a veces no nos hayamos dado ni cuenta. A lo mejor el año que viene, cuando llegue la Navidad, nos quejaremos menos de que la comida estaba salada, de que habíamos tenido que aguantar a aquel cuñado al que no soportamos, y a lo mejor hasta dejamos de quejarnos porque nos ha tocado a nosotros en las piernas la pata de la mesa que vamos a compartir. Siempre decimos que no valoramos la salud hasta que no nos falta, pero creo que este año hemos aprendido que éramos más ricos y más felices de lo que nosotros mismo pensábamos. Así que si puedes hazme un favor. La noche de nochebuena, a eso de las ocho, sal al balcón de tu casa si es que lo tienes. O asómate a una ventana. Pero esta vez no aplaudas a nadie. Mira al cielo y busca esa estrella que nos anuncia la buena nueva de cada año. Probablemente verás que a su alrededor hay este año más estrellas que nunca. Decenas de miles…según algunos cálculos. Da gracias al niño Jesús por no ser una de ellas, y dile que, a partir de ahora, vamos a intentar ser todos un poco mejores cada día. Y si no lo hacemos, es que no habremos aprendido nada en este maldito año que ahora termina.

FELIZ NAVIDAD A TODOS

 

miércoles, 18 de diciembre de 2019

MINICUENTOS DE NAVIDAD X


MINICUENTOS DE NAVIDAD X

Navidad 2019

Tengo un amigo que no cumple años: él solo cumple primaveras. Y no porque cumpla años a mediados de Abril, sino porque para él nunca hace frío ni llueve, siempre sonríe, prepara una fiesta donde no la hay y es de esos de los que te saluda dándote un beso y un abrazo que te recarga las pilas. Llevaba tiempo pidiendo por su cumpleaños un regalo. Uno  de esos regalos imposibles que todos hemos pedido alguna vez. De los que sabes que nunca nadie te va a regalar. Aquel regalo tan deseado, no era un viaje caro, ni un coche de alta gama, ni un reloj de oro y piedras preciosas. Pero nunca llegaba simplemente porque algunos se lo tomaban a broma, otros no sabían siquiera donde buscarlo y algunos incluso, no se atrevían a aparecer con él en su fiesta de cumpleaños. Hasta que alguien se atrevió. Y apareció aquel día de Abril con un regalo sin empaquetar, porque no supo como demonios envolver aquella enorme tinaja de barro que coronaba un esbelto carrizo. Como niño que ve cumplido un sueño la mañana de Reyes, un escalofrío recorrió el cuerpo de aquel amigo, y durante unos instantes no supo si reír o llorar. Lo cierto es que desde entonces, cuando llega el final de Noviembre, aquel amigo mete esa querida zambomba en el maletero de su coche con un “por si acaso” que siempre dice esbozando una sonrisa. Así que si en estos días alguien abre el maletero cerca suya, miren si dentro lleva una zambomba. Y si así es no le pierdan la pista, si quieren vivir una navidad verdaderamente inolvidable.

Había una vez un hombre que vivía para sí mismo. De esos que viven permanentemente mirándose a un espejo. De los que creen que lo importante es el “Yo” y no el “nosotros”. Uno de esos que prefiere mirar hacia adelante y nunca hacia los lados. Uno de esos que hemos sido cualquiera de nosotros alguna vez en la vida. No le importaron su familia ni sus amigos. Su gente cercana se convirtió lejana. Quiso emprender una vida en la que no depender de nadie ni necesitar a nadie. Peleado con todos. Añorado por muchos. Aquel final de año no sabía que le pasaba. Como si un ente extraño se hubiera apoderado de él, empezó a recordar y a anhelar cosas que ya tenía olvidadas. Iba por la calle solitario y se emocionaba sin quererlo, al ver a los grupos de amigos y familias paseando por aquella lejana ciudad y algo raro sentía dentro cada vez que oía la palabra NAVIDAD. Y cogió una maleta. E hizo un viaje atrás de kilómetros y de años que nunca pensó que volvería a hacer. Su orgullo, le impidió siquiera llamar a su familia para avisarle que llegaría a cenar a casa en Nochebuena después de tantos años. Llamó a la puerta y al abrirla su madre se fundió con él en un abrazo sin dejarle capacidad de reaccionar. Y después de algunas lágrimas de ambos, aún atinó a decirle: “Por fin vas a usar ese plato que llevo años preparando con la esperanza de que volvieras”. Y él volvió después de mucho tiempo, a mirar hacia los lados para entender que había tirado muchos años por la borda de tanto cuidarse a sí mismo


Érase una familia que tenía el abuelo que todos soñaban. De los que se convierten en el tronco fuerte que une todas las ramas que cruzan apellidos distintos, sin que ningún temporal se atreva a troncharlo. Aquella familia tenía su culmen de felicidad el día de Navidad, cuando reservaban mesa y cubierto en algún restaurante y todos, sin excepción, se reunían para celebrar la llegada de Dios a la tierra, y de camino celebrar que aquella familia seguía unida entorno a aquel ejemplo hecho persona, que les enseñó muchas cosas en la vida, entre ellas que el día veinticinco de Diciembre no era un día más del año. Pero pasaron los años. Y aquel abuelo envejeció, y ese tronco que unía a aquella familia quedó reseco y sin vida, llenando de tristeza a aquel árbol que por unos días parecía hasta resquebrajarse. Pero pasó algo que ninguno pensaba. Y es que aquel abuelo, en su testamento, lejos de hablar de tierras y riquezas, dejó como herencia un dinero con la única condición de que sirviera cada año para que su familia se siguiera reuniendo el día de Navidad. Y así lo hicieron. Y cada último día veinticinco del año todos buscan un sitio donde ir a comer, y donde ríen, y donde se abrazan,….y donde recuerdan. Y cada año preparan un cubierto que saben que no va a usarse, al menos en la tierra. Porque todos saben que aquel buen hombre que les enseñó a amar a la Navidad, sigue disfrutando con ellos desde lo más alto, y sigue siendo el orgulloso tronco de aquel árbol que difícilmente nadie va a ser capaz de cortar.

Había una vez un tren de esos que parece que no circulan. Surcaba las vías en esos días en los que todo el mundo parece que tiene una pandereta en una mano y una copa de anís en la otra. Pero no. Esos trenes circulan. Y van llenos de gente. Y van llenos de mochilas y maletas que van cargadas de ropas y a la vez de miles de historias. En aquel tren reinaba el silencio. Hasta el revisor parecía pedir los billetes con más seriedad que nunca. Un pasajero leía con escasas ganas una revista que parecía interesarle poco. Había otro que usaba unos auriculares enormes que emitían un ligero sonido de una guitarra eléctrica que dejaba claro que no escuchaba ningún villancico. Otro miraba atentamente una pantalla colgada del techo que le marcaba cuanto le quedaba para llegar a casa. Y de pronto, en aquel silencio solo roto por el “chacachá” de los raíles, sonó una voz dulce y agradable que dijo suavemente: “Próxima parada….JEREZ DE LA FRONTERA”… y en uno de los vagones alguien rompió aquella calma tocando eufóricamente las palmas mientras con voz desentonada medio cantaba “Los caminoooooooos se hicieeeeeeeeron…..” El revisor lo miraba sonriente mientras bajaba la maleta y cuando  pasó junto a él camino de la puerta le dijo: “Dicen unos amigos míos  que un día fuera de Jerez es un día perdido en la vida de un hombre” El revisor le dio una palmada en la espalda y sonrió. Y sonriendo volvió a caminar aquel pasillo sin fin en busca de polizones.

Érase una vez una tierra en la que nadie mandaba. Decían que llevaba meses y meses sin que nadie la gobernara. Esos que se encargan de tomar decisiones, se dedican de un tiempo a esta parte a echarse en cara unos a otros sus trapos sucios. A decirse lo buenos y perfectos que son unos y lo torpes y malvados que son el resto. Menos mal, que a esa tierra sin gobierno, llega un niño pequeño una vez al año para recordarnos muchas cosas. Para decirnos que a Él nadie lo eligió en ningunas elecciones, y sin embargo siempre está ahí cuando lo necesitamos. A demostrarnos que quizás escuchando lo mejor de cada uno, podemos construir un mundo mejor entre todos. A darnos el ejemplo de que él fue capaz desde el principio de perdonar a los que le hicieron daño y no le hicieron falta pactos ni papeles firmados. Por eso yo lo tengo claro. Por eso sé quien es el que gobierna mi vida sin siglas ni banderas. Por eso el mundo entero, creyentes y no creyentes, celebran estos días la llegada del hombre que fue capaz de cambiar el mundo desde su propio ejemplo. De aquel que desde la humildad de un pesebre, supo darle sentido a todo sin necesidad de discursos vacíos. Yo no sé tú. Pero yo tengo claro quien siempre, cada año, tendrá mi voto para gobernar mi vida. FELIZ NAVIDAD A TODOS!!!