MINICUENTOS DE NAVIDAD XV
(Navidad 2024)
Tengo un amigo que no sabe ni que lo es. ¿Se puede ser amigo
de alguien con el que hablas a menudo, pero al que no has visto en tu vida?
Difícil respuesta ¿verdad? Hablamos a través del móvil, pero no tenemos ni
nuestros respectivos números. Yo normalmente estoy en Jerez, y él me escribe a
veces desde una tierra llena de nieve donde alguien dice que nació un santo que
en estos días cuentan que viaja en trineo. Yo a ese santo señor lo conozco poco…y
tampoco tengo demasiado interés, dicho sea de paso. Las conversaciones con este
amigo en la lejanía solo tienen dos temas: el fútbol y las cofradías. Por cosas
que le leo, me da la impresión de que pensamos muy distinto en otros asuntos,
así que nos va bien haciendo lo que hacemos. Bueno, en realidad hay otro tercer
tema. Él me pide a veces fotos de mis niñas, porque me cuenta que sueña a
menudo con poder tener él mismo esas fotos algún día. De momento no ha habido
suerte y la naturaleza se empeña en no dejar que la vida fluya en el interior
de aquella mujer con la que ha decidido compartir el resto de su vida. Debe ser
difícil. Y ahora lo sé más. Y me preguntaba no hace mucho, hablando con él,
como van a celebrar esta nueva Natividad del Señor, ellos que tanto anhelan
celebrar una natividad en su casa. No conozco el nombre de ella. Él, se llama
igual que aquel carpintero que no dudó en huir con la mujer a la que amaba, en
busca de un techo para que pudiera dar a luz. Solo por llamarse así, merece la
oportunidad de vivirlo al menos una vez en la vida, aunque para ello tenga que
hacer algunos kilómetros buscando posada. Estoy seguro que por San Miguel
alguien le daría cobijo porque allí no vive ningún rico avariento.
Érase una vez un pueblo del que no importaba el nombre. Ni su
bandera, ni su alcalde, ni su gentilicio. Del que ya no importaba casi nada. Ni
siquiera los que vivían en él. El número de sus habitantes había empezado una
arrolladora cuenta atrás desde hace unos años, a la que nadie supo poner freno.
La “España vaciada” le llamaban ahora. Menudo eufemismo. Aquella cuenta atrás
sin freno, ya hacía años que se había detenido en el número 4. Y ahí se empeñó
en quedarse quieta sin subir ni bajar, salvo cuando de alguna visita se
trataba. Dos casas en los extremos del pueblo, y dos matrimonios que, aunque
peinaban canas, disfrutaban aun de buena salud y que por cuatro tonterías habían
dejado de hablarse desde hacía años, para añadirle más dificultad a la
situación. Cada uno por su lado. Como si el otro no existiera. Pero aquella
navidad, Pedro, uno de aquellos cuatro olvidados, estaba asomado a su ventana
mirando como corría el agua por la centenaria fuente que adornaba la plaza del
pueblo. En un arrebato de nostalgia, cogió un antiguo portal que había heredado
de su padre y llevándolo en sus manos, cruzó los pocos metros que la separaban
de la puerta de su casa, y colocó aquel improvisado Belén tan cerca de la
fuente que hasta a veces le salpicaban unas gotas. Entró de nuevo en casa,
cogió una silla y una copa de Brandy, y se sentó en medio de aquella plaza a
observar la escena. De lejos oyó unos pasos. Volvió la cara, y aquel vecino con
el que no intercambiaba palabra desde hace años, se acercaba con otra silla y
otra copa, y cruzando una leve mirada se sentó a su lado para disfrutar de
aquel inesperado regalo. Los visillos de dos ventanas se abrían levemente y el
resto del pueblo, o sea, sus dos mujeres, asomadas a ellas, se preguntaban si
lo realmente vacío era el pueblo. O quizás lo vacío eran sus corazones. Ellos
por fin se miraron, chocaron sus copas y dieron un sorbo al unísono celebrando
el verdadero nacimiento que tenían ante sus ojos.
Érase una vez dos amigos que habían quedado para verse un día
cualquiera. Las tardes empezaban a hacerse más cortas, y hacía solo unos días
que se había arrancado del almanaque aquella hoja con el nombre de un mes con
el que dicen que se nos enfría el rostro. Llevaban ropa informal, bermudas por
encima de la rodilla, manga corta y un par de chanclas de esas que te delatan
cuando vas andando por la calle y no hay mucho ruido. Habían quedado donde
siempre, se saludaron dándose un beso y buscaron en aquella vieja habitación de
techos altos un par de sillas que cogieron con una mano para sentarse frente a
frente, separados apenas por un metro. Uno de ellos sacó de una funda una
guitarra, mientras el otro abría una vieja carpeta de la que sacó unos folios,
algunos de ellos arrugados o doblados por las esquinas, donde se podían ver
apuntes y garabatos, palabras sueltas y frases escritas en todas las
direcciones. Mientras el de la guitarra intentaba afinar sus cuerdas, ambos
guardaron un silencio improvisado que solo interrumpía algún suspiro que sabía
a pereza y a ilusión en las mismas dosis. Se oyeron las últimas notas de las
últimas cuerdas buscando su nota perfecta y uno de ellos le dijo al otro:
- - Bueno
primo…aquí estamos empezando un año más
- - Pues
sí primo, somos los primeros en empezar a vivir esto. Y por eso somos los que
más lo vamos a difrutar…
Se sonrieron ambos un segundo y uno dijo:
- - Feliz
Navidad Luis... y vamos al lío que nos coge el toro.
Y empezaron a sonar los primeros villancicos en aquella
tarde, mientras las capachas recogían los últimos racimos en las viñas y en la
Merced ya se empezaba a presagiar el aroma de unos blancos nardos.
Tuve un amigo al que nunca llamé por su nombre. Ni en la
agenda de mi teléfono lo tenía guardado por el nombre de pila. Siempre lo llamé
“Kabuki” emulando el nombre de un mago del que realmente nunca tuve luego
noticias. Una tarde comenzó una carrera con un final inesperado. Para muchos.
Para todos… Cuando pensamos en él, todos imaginamos lo que lo están echando de
menos sus padres. Y más en estas fechas. Pero yo he podido compartir un par de
ratos en esta Navidad que ahora atravesamos, con una personita que estoy seguro
que nota su ausencia más de lo que imaginamos. Ella, que tiene por nombre el de
la mismísima Virgen que parió en Belén, ha salido más jerezana que la torre de
la Catedral, y viéndola hace unos días, reparé en que nos estaba dando a todos
una lección que deberíamos aprender. Nos está enseñando y demostrando, que, en
el día hay suficientes horas y momentos como para hacer de todo. Para ir a ver
al Gran Poder, para ponerse una bufanda azul, para tocar la zambomba, para
reír, para llorar, para suspirar, para querer…y también para echar de menos.
Estoy convencido de que en ella se cumple aquello de que “la procesión va por
dentro”. Una procesión que, por el momento, ella sabe que no tiene hora de
recogida. Es más, es bastante probable que no acabe por recogerse nunca. Tendrá
que vivir con eso y ella lo sabe. Y de eso también tendríamos que aprender. Viéndola
el otro día esbozar una sonrisa que nos recordaba a alguien, mientras marcaba
el compás de un villancico agarrándose a su carrizo, pensé por un momento que
su actitud y que su ejemplo, sí que eran dignos de ser un verdadero bien de
interés cultural.
Érase una vez un pueblo que vivió una pesadilla. En unas
pocas horas sus blancas y alegres calles se vieron inundadas de agua y barro
encogiendo el corazón de un país, mientras la lista de almas que nos
abandonaban iba creciendo sin pausa posible. Han pasado ya muchas semanas, y
aun podemos ver imágenes imposibles de creer, mientras la administración se
dedica a buscar culpables entre ellos, sin darse cuenta de que todos los son
realmente. No imagino muchas luces en sus calles estos días. Ni muchos árboles
adornados. Ni muchas risas en las mesas de las familias que se reúnen a cenar.
Serán unas navidades para ellos inolvidables, sin duda, pero por otros motivos
menos reconfortantes. Dice un villancico que “Los ángeles son de barro, la
Virgen y San José…” Yo espero que en ese barro sepan ver a la Virgen y al patriarca,
y que no olviden que el Niño Jesús, en aquel belén del villancico, está hecho
precisamente de madera tallada para que puedan agarrarse a Él sin miedo a que
nada pueda hundirlos. Jesús nace de nuevo en estos días, un año más, para dar
alegría a todo el mundo, pero sobre todo para dar ESPERANZA a aquellos que de
verdad la necesitan. ¿Acaso imaginamos un año sin navidad? ¿Un año sin que
vuelva Jesús a nacer en todos nosotros? Ni en los peores momentos que hayamos
podido vivir, Él nos ha faltado ni nos ha dejado de la mano. Y yo al menos
estoy convencido de que así será para siempre. Por eso, aunque hayas tenido un
año duro, aunque hayas tenido un año lleno de malas noticias, no quiero
desearte felices fiestas, porque fiestas hay durante todo el año. Yo quiero
desearte una hermosa y FELIZ NAVIDAD. Así…en mayúsculas. Que así sea…